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por ROBERTO VALLE
Vamos de lo general a lo particular: como fenómeno humano, la globalización resultó un canto de sirena. Que lo hayamos sospechado desde un principio, no aliviana sus consecuencias. Es cierto que la irrupción de nuevas tecnologías, facilitó la circulación de inmensos volúmenes de información, en tiempo real. Sin embargo, también lo es que en ese tráfico incesante y a escala planetaria, potenció más aún los contenidos hegemónicos tradicionales. Es decir, para el caso del arte y la industria de la cultura, la producción Made in USA. En lo que al cine se refiere, en los últimos cinco años, en promedio, entre el 70 y el 75% de las películas que se estrenaron en el circuito comercial local, fueron de procedencia estadounidense, con preponderancia de las producidas y/o distribuidas por las compañías majors. El 25/30% restante, se reparte entre filmes extranjeros del resto del mundo (entre un 5 y un 7%) y nacionales. En este contexto, el BAFICI -y algunos otros festivales regulares-, perimetraron una zona de tránsito cinematográfico que linda con el negocio, por un lado, y el interés artístico, por el otro. Es evidente que estos eventos sirven para poner al día el catálogo de películas extranjeras que los distribuidores y exhibidores locales desprecian. Incluso, a veces, logran despertar la inquietud comercial de esa gente en torno a ciertos realizadores, en principio, subestimados (recordemos, por ejemplo, el caso de Kiarostami). En un sentido más amplio, cualquiera de esas muestras contribuye a la reparación de una rutina cinéfila interrumpida, sucesivamente, por la censura aplicada durante la dictadura militar, la popularización de los soportes audiovisuales domésticos y la crisis económica de las clases medias. De hecho, a fines de los años 90, el BAFICI dio impulso a la reconstrucción de un circuito alternativo que, entre los 50's y mediados de los 70's, había entrenado la gimnasia cinéfila de los porteños. Disperso e informal, hoy en día, ese circuito cumple un doble propósito: el de hacer visible el contingente de películas que, por una razón u otra, no se estrenaron nunca en Buenos Aires (en especial, las de producción europea, asiática y latinoamericana, de la década del 80), y el de difundir las nuevas exploraciones y a sus protagonistas más relevantes. El dossier que iniciamos en esta edición, tiene como objetivo, indagar cuál es el estado actual de la difusión del cine extranjero en la ciudad de Buenos Aires y qué actividades de promoción de esas cinematografías, llevan adelante las principales entidades o instituciones nacionales. Tomaremos en cuenta el período comprendido entre 2000 y 2004 y, en cada entrega, nos ocuparemos de una cinematografía nacional en particular. La primera: Alemania.
En cifras
Entre el 2000 y el 2004, el cine alemán participó, directa o indirectamente, en la realización de más de dos mil películas (entre largos y cortometrajes). Es decir, un promedio anual de cuatrocientos filmes. De ese total, aproximadamente un 30% (poco más de un centenar al año) corresponde a producciones enteramente alemanas. El resto, son co-producciones en las que, la cuota de identidad germana se diluye, inevitablemente, en las "generalizaciones" culturales que dicta el mercado internacional. La pregunta es: ¿qué porcentaje de esa producción llegó a ser visto en nuestro país? Durante el período analizado, se vieron en la Argentina (más adelante, aclaramos a través de qué canales) algo más de ochenta películas. Esto significa, un promedio de diesciséis filmes por año. De esos, sólo unos pocos alcanzaron estreno comercial en salas de cine (entre ellos Anatomía y ¿Soy linda? en el 2000, Hormigas entre las piernas en el 2001, Sabiduría garantizada en el 2002, El Experimento y Ningún lugar de Africa en el 2003 y Good Bye Lenin en el 2004), y otros tuvieron la "suerte" de ser editados en video (por ejemplo, Angelitos en apuros en el 2000, Qué hacer en caso de incendio y La princesa y el guerrero en el 2002, Anatomía 2 y Las niñas grandes no lloran en el 2003 y Consequence en el 2004). El resto -más de sesenta películas- se exibió a través de canales alternativos, como el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, el de Mar del Plata y la semana de cine alemán que organiza German Films todos los años. Conclusión: sólo una mínima parte de la producción germana llega a la pantalla local, y lo poco que llega circula, mayoritariamente, a través de espacios de difusión no convencionales. Fue en ese circuito donde el público porteño descubrió a los nuevos realizadores alemanes surgidos a mediados de los 80: Andreas Dresen (A mitad de camino, 2000), Hans-Christian Schmid (Loco, 2000), Andreas Kleinert (Mi padre, 2002), Christian Petzold (Seguridad interior, 2001), Oskar Roehler (Ningún lugar a donde ir, 2000), Ulrich Köhler (Bungalow, 2002) y Harun Faroki (Imágenes de prisión, 2000), entre otros. O seguir de cerca la obra reciente de "viejos" ilustres como Werner Herzog (Alas de esperanza, 1999) y Wim Wenders (The Soul of a Man, 2003).
Últimas noticias
En los últimos cinco años, el acceso al cine alemán (según un variado menú de estilos, temáticas y autores), fue más o menos fragmentario, caprichoso y desordenado, no obstante, la voluntad silenciosa de las instituciones y personas que, con su trabajo, contribuyen a materializar la idea de diversidad cultural. Esa tarea está más activa que nunca, a juzgar por lo ocurrido en lo que va del 2005. Mientras que, hasta ahora, sólo dos producciones alemanas fueron exhibidas en salas comerciales (Contra la pared, de Fatih Akin y La caída, de Oliver Hirschbiegel), por las alternativas pasaron ya, alrededor de treinta.©
Fuentes: Filmförderungsanstalt (www.ffa.de), German Films (www.german-films.de) y Spitzenorganisation der deutschen filmwirtschaft (www.spio.de).. |
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