Julio 2005

 

 

 

 

 

 

 

Argentina.
2004. 28 min.

Dirección:
Diego Lerman.
Guión:
Diego Lerman (Basado en la novela homónima de Cesar Aira).
Fotografía:
Paula Grandío.
Cámara:
Paula Grandío y Orilo Blandini.
Montaje:
Alberto Ponce y Nicolás Avruj.
Sonido:
Leandro de Loredo.
Producción:
Diego Lerman y Nicolás Avruj.
Jefe de Producción:
Sebastián Ariel.

 

por MARÍA IRIBARREN

 

La afirmación "César Aira es uno de los escritores más prolíficos de la literatura nacional", es fácil de comprobar. Basta con entrar a cualquier librería, pararse bajo el estante adecuado, ubicar la letra "A" y contar los tomos.

Autor incesante, sus textos son asaltos contra el sinsentido (no en términos trascendentales sino domésticos, barriales, civiles… o sea, trascendentales), e informes de las dichas e infortunios del oficio de escritor.

Acaso ese prodigio subyugó a Diego Lerman y lo llevó a perpetrar la adaptación de las novelas La prueba y La guerra de los gimnasios. De la primera, Lerman rodó el corto homónimo que, a su vez, fue el borrador de Tan de repente, su opera prima en largometraje.

La segunda, se estrena este mes en el espacio de difusión de cortometrajes que Malba.cine acaba de inaugurar, con entrada libre y gratuita.

La guerra de los gimnasios narra la historia de Ferdie Calvino (Marcos Ferrante), un actor que entrena en el gimnasio de Chin Fu (Pompeyo Audivert) con el propósito de "tener un cuerpo que provoque miedo a los hombres y deseo a las mujeres". A partir de esta decisión, el relato se abre a una cadena de incidentes (la cruenta disputa entre clanes gimnásticos, el reclamo de los actores que, con argumentos brechteanos, piden el pago de su salario a las autoridades del sindicato de extras).

"Detrás de toda guerra hay algo raro", conjetura uno de los rebeldes (Luis Ziembrowsky). Sin inocencia alguna, el enunciado religa con la trama de "Astronautas de mi barrio", la telenovela en la que la NASA entrena voluntarios de países tercemundistas para cumplir peligrosas misiones en Marte, y en la que Ferdie tiene un papel fugaz.

En sintonía con la compleja brevedad de Aira, en veintiocho minutos, Diego Lerman asocia texturas (temporales y narrativas), superpone niveles discursivos, y establece una zona equívoca -entre la ficción y lo real- que, de manera inexorable, reenvía a la coyuntura histórica y cultural.©

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