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Pastora Campos y Ernesto Flomenbaum son, desde hace veinte años, los responsables del Cineclub TEA. En rigor de verdad, fue Ernesto quien, en 1988, ensayó los primeros pasos en el proyecto cineclubista y, unos años después, le contagió el “vicio” a su compañera. “Empecé mi relación con la actividad cineclubista a comienzo de los ochenta”, aclara Ernesto. “Por aquellos años participaba como espectador en las funciones que se daban en varios lugares “alternativos” de la ciudad de Buenos Aires -además de asistir a la Hebraica o a la sala Lugones- y, sobre todo, en las del Cineclub Jaén (en la Biblioteca Popular José Ingenieros). Poco a poco me fui sumando a la actividad que allí se realizaba hasta que me hice cargo de su programación”. El interés de Ernesto por el cine deriva, según sus propias palabras, de la formación plástica que recibió en su paso por la escuela de Bellas Artes. Allí se interesó por los trabajos de las primeras vanguardias cinematográficas (las de los años veinte). “A medida que me fui metiendo más en el tema, descubrí nuevas conexiones entre el cine y las otras artes. Fue en ese momento en que decidí sumar paralelamente a las proyecciones de películas, una actividad formativa. Así nació, en marzo de 1988, el Taller Estudio de Arte (TEA) que, al poco tiempo, se convirtió en Cineclub”, rememora Ernesto en un rápido repaso por los orígenes de “su” propio espacio alternativo. A principio de los noventa, debido al crecimiento del nuevo proyecto y a las condiciones en las que se desenvolvía la actividad dentro de la Biblioteca, el Cineclub TEA se mudó a una escuela de Diseño de Indumentaria en la que Ernesto daba clases. Finalmente, en 1993, se instaló en la Casa Cultural Uruguay (en Scalabrini Ortiz al 500), donde funcionó hasta el año 2001 cuando ancló, definitivamente, en su actual sede de la calle Aráoz. “En aquella época, todas las proyecciones eran en 16 mm. Las embajadas extranjeras –sobre todo las de los países socialistas- y algunas casas de alquiler de la capital nos proveían de películas. Recuerdo que, incluso, llegamos a estrenar la copia nueva de El Acorazado Potemkin”, cuenta Ernesto con evidente orgullo. Revindicando su conocimiento de género, Pastora (que durante diez años programó la sección “La Mujer y el Cine” en el Festival de Mar del Plata) asegura haber sido quien aportó el cruce entre teorías feministas y el cine, dentro de las actividades del Cineclub. Ernesto coincide con esta apreciación y reconoce que “fue ella la que me ayudó a descubrir la mirada feminista en el cine”. Muchas cosas han cambiado –en el país y en los hábitos cinéfilos- desde los tempranos ochenta hasta el presente. El público ya no es el mismo, los formatos de exhibición han migrado, la concurrencia es proporcionalmente menor y el interés de los espectadores por “debatir” e intercambiar pareceres al término de cada proyección, ha mermado considerablemente, según la propia experiencia de Pastora y Ernesto. Para él “el nivel de las opiniones de los espectadores se ha empobrecido mucho en los últimos años, aunque las posibilidades de ver cine se hayan ampliado enormemente”. Para ella, sin embargo, “Buenos Aires sigue teniendo un público ávido de descubrimientos y, sobre todo, muchos espectadores jóvenes”. A diferencia de otras actividades “culturales” que operan como meros espacios de encuentro para “solas y solos”, la pareja de programadores declara por unanimidad, que el Cineclub TEA no pretende ser un antídoto contra la soledad sino cumplir con el rol que, desde sus orígenes, ha tenido el cineclubismo aquí y en todo el mundo: difundir el cine que no tiene cabida en el circuito comercial y formar a los espectadores de ese “otro” cine.© |
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